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The Running Gourmet – 2

La vida es un ir y venir de casualidades, indecisiones y despropósitos. Algunos años antes de sentarme en esta misma mesa y seguramente agarrar el mismo vaso con parecidas ganas, descendíamos risueños esta misma pequeña y rocosa cima conocida como el Pico de la Miel, mi hermana y un servidor, alentados por el olor a tortilla de patata recién hecha y el sabor de una coca-cola para recuperar azúcares necesarios para seguir parpadeando unas cuantas horas más, y una nueva historia de la que reírnos y que no contar a nadie. En el penúltimo largo de la vía yo dormitaba contra el granito una mañana soleada de enero, agradecido al mundo por haber sol y una montaña en la que desgastar las articulaciones mientras mi hermana sudaba sangre dentro de un viejo casco blanco mal colocado, con la última pieza de seguro varios metros por debajo y sin encontrar el punto donde montar una reunión. Unos suspiros después y unas carcajadas con la boca seca, ella volvía a encontrarse con los fantasmas de haber perdido el itinerario de la vía por completo y teniendo que salir de la pared sin colocar ningún seguro y a base de una técnica revolucionaria para la escalada sobre granito; el pezón-fricción.

Una hora más tarde, mi hermana, yo y sólo un par de pezones sanos, remojábamos nuestros secos gaznates con refrescantes bebidas azucaradas y degustando el verdadero sabor de la existencia, de seguir existiendo, simplemente.

Hoy regreso casi sin querer a esta misma montaña y a esta misma mesa de madera desgastada, después de ascender y descender en pocos minutos por una de sus rutas más bonitas. Las uñas de las manos desgastadas por los afilados cantos de cada porción cuarzo denotan una lucha intensa con la sección más dura, que me ha llevado cinco intentos más de lo esperado. Unas zapatillas de correr desgastadas, un frontal, la luz de la luna y mi técnica obsoleta explican el esfuerzo titánico y la doble ración de tortilla en el bar.

Ser un gourmet del running es fácil debido a las consecuencias y al entorno, no es necesaria ninguna genética privilegiada como en otros menesteres. Reviso el diario de entrenos del último mes y no llega a 10 días de actividad, todos ellos fuera de casa y en lugares exóticos para alguien que se ha criado entre espigas y torreznos. Las olas del mar rebotando sobre una cima son un canto de sirena, una llamada a la relajación de los músculos faciales y una prueba de la simpleza de encontrar la felicidad en los actos simbólicos.

Ese latido del mar me conduce, como buen pirata, a otras playas. De aquellas con arena apelmazada y lluvia fina, de horizonte de nubes grises y eucaliptos. De esas donde cuesta marcar huella cuando se corre descalzo, de las que no es necesario pisar demasiado el agua que llega a la orilla. La playa en invierno mantiene ese aspecto épico de una novela de tapa desgastada, la soledad y el horizonte que se cruzan en una línea donde el agua pierde y gana cada centímetro a la tierra en un esfuerzo infinito. El norte siempre recibe con un imprevisto, ya sea en forma de sol o en forma de tormenta tropical. Con cada percebe que succiono el sonido de la lluvia en las ventanas parece alejarse. El ventanal del vecino yace en el suelo de su terraza y dos turistas ven como sendos paraguas se destrozan al unísono mientras maldicen su ridículo paraguas no-cántabro.