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Grandeza

Mi estilo de vida es sin duda envidiable. Una noche más tengo los ojos llorosos y las piernas contra el acero de la máquina endemoniadamente pesada que tortura mi espalda. Entre 9 y 10 horas de trabajo diario, pareciendo simpático y de pie, seguidos de dos horas de coche entre la niebla y la nieve dejan paso a una sesión de gimnasio frío y a beber agua baño en el baño femenino mientras como tortilla y un trozo de pan envasada en una de las colchonetas sudadas.

Estoy pensando mudarme al polideportivo municipal por aquello de ahorrarme un alquiler inservible, cuando los días se suceden entre sendas nevadas, turistas, gimnasio, hambre, frío, falsa decencia y noches pasadas por agua dentro del coche. Mientras saboreo un último pedazo de tortilla seca encima de uno de los mostradores pienso en el camino que he recorrido para terminar aquí. Son las 12 de la noche y me acurruco felizmente en una cancha de baloncesto junto a las pelotas infantiles de colores, a oscuras, una noche más. Recojo las migas de pan con un pequeño vaso y lo aclaro para beber de los servicios públicos. Como las duchas son gratis, no lo pienso mucho para lavar un poco mi sucia cabeza de la forma más ahorrativa posible, con la idea de reservar algo de dinero para, quizás, poder pagar la inscripción de una carrera o comprar un par de zapatillas nuevas. La vida del corredor de montaña semi-profesional y semi-estúpido nunca ha sido fácil, tienes la presión exterior de hacer buenas actividades y resultados, tienes la presión interior por querer llegar al máximo nivel que puedas alcanzar, pero sin disponer de los medios para poder dar un salto más, o poder ir al fisioterapeuta, o viajar a buenas carreras.

Corriendo una vez más sólo, aunque ahora haya mucha más gente mirando.

Un día más, mi vida es sin duda envidiable.