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Sunrise falling coconut

Cuando tu trabajo se convierte en pedirlo no hay mucho lugar para la esperanza. Cuando el frío enrojece tus manos agarrando un manillar oxidado de bicicleta y tratas de cerrar los ojos lo suficiente para que la nieve no dañe tus pupilas y llevarlos lo suficientemente abiertos para no chocarte con un quitamiedos el resto de las cosas parecen, cuanto menos, vanales.

El sexto currículum entregado del día me da hambre y sueño. Vuelvo a la chabola fría que llamo “casa” pero tengo que abrir las ventanas para que se caldee aunque no pare de nevar fuera. Este país no me proporciona ninguna ayuda para sobrevivir sin tener que recurrir a cuestiones ilegales. La venta de mi bicicleta de carretera que años atrás tanto me costó conseguir ahorrando durante largo tiempo me deja sin ninguna posibilidad de entrenamientos cruzados pero si con 1000kg de leña en el garaje para pasar el invierno en el Pirineo. Una tarde eterna y varios dolores de espalda después tenemos toda la leña malamente apilada en todos los rincones posibles de nuestro apartamento. Agazapados frente a la chimenea conseguimos calentar las extremidades, hervir un cazo de agua y asar una buena docena de patatas.

A la mañana siguiente relleno los espacios vacíos de una solicitud de coto por correo mientras mis dedos se me vuelven a agarrotar por el frío. Para hacerlo de una manera un poco más irreverente escribo mi dirección con pluma y tintero, con borrones y con una clase y una finura impropia en esta época. La rueda gira y gira y si estás dentro te sientes como en una lavadora. Sin viajes no hay patrocinadores y sin patrocinadores no hay viajes, asimismo sin carreras no hay resultados y sin resultados no hay patrocinadores, pero sin dinero para viajes ni carreras nunca comienza la cadena de hecho lógica. ¿Qué hacer entonces? Coje el bote de nutella y devóralo sin contemplaciones.

“Yoy can walk with me” UTIOG

Como en navidad y regreso a Aranda sigo engordando un poco más sin tener ningún remordimiento y si muchas excusas. La San Silvestre Arandina no es uno de mis pasatiempos favoritos pero hace varios años que no participo y la encajo mentalmente como el comienzo de una nuevo año y el inicio de los entrenamientos. Como la motivación es ilusoria y temporal establezco un nuevo calendario de carreras con tres de ellas en los tres meses de invierno, con el objetivo de entrenar mínimamente decente en este tiempo hostil y desagradecido. La sangre inunda mi paladar y los pulmones parecen pasas con un sonido hueco y aletargado, las piernas me arden y ya no se mover ni los brazos de lado a lado. En una carrera por asfalto de apenas 5 kilómetros mi poca potencia anaeróbica duró aproximadamente un bonito kilómetro junto a varios galgos de mi ciudad, entre ellos un campeón de Europa remontando el vuelo tras varios años en horas bajas. Ese kilómetro en cuesta me proporcionó una perspectiva adulterada de mi potencial para estos trámites, que en el kilómetro dos se vino desinfló a una velocidad pasmosa, pasando del tercero al trigésimo puesto. Resumen: un kilómetro decente y cuatro al borde de la muerte. Trámite superado.

Volver a casa nunca ha sido una buena opción. Sobre todo si comienza a hacer frío.