por

Sobre las dificultades adquiridas inconscientemente

Hay gente que grita. Hay gente que se agarra al de al lado o al asiento. Algunos agarran sus almuerzos, otros, levantan las manos como si estuviéramos en un looping de una montaña rusa. Yo me limito a apretar el cuello y a dejar que me engulla el asiento antes de ponerme a gritar. Una milésima de segundo antes de que un sonido gutural fluya desde mi garganta hacia el interior metálico del avión, éste se estabiliza. La gente respira. La gente deja de sujetar sus almuerzos. Miro al tipo de al lado y le pido amablemente que suelte mi brazo. Me sonríe nervioso. Le miro implacable. No era justificable que me apretara el brazo por sólo creer que íbamos a morir.

Mi cadáver toca tierra en Santiago de Chile y encuentro a un hombre barbado que creo reconocer como amigo tras una cámara enorme. El cielo sigue siendo gris y plomizo. La aventura comienza. Salimos rápido del aeropuerto y comemos en un asador de pollos de nombre quijotesco y castizo. 4000 pesos por un plato no está mal. Las monedas de 1 peso que se amontonan en el bolsillo hacen que parezca que tenemos dinero. La cerveza incluida en el proceso de asar el pollo proporcionan la primera serie de quejas y malestar de Fer. Pocas cosas hay más frustrantes que encontrar un lugar para comer con un celíaco. Mala gente. Primer golpe de realidad. Primera piedra de un montón de afiladas piedras. Dormimos con los ojos secos en una confortable esquina de la terminal de llegadas del aeropuerto de Buenos Aires. Me gusta el acento de esta gente. Parece que todo va bien, en todo momento. La falta de tiempo deja obsoleto un plan para conseguir liquidez económica a través de música y harmonica. Un vuelo sobre la nieve y la ventisca nos lleva directos al minúsculo aeropuerto de Ushuaia, junto al mar, en el fin del mundo.

Han pasado seis días. Seis días completamente vacíos e inútiles. De los que no se recordarán nunca. De los que es mejor no vivir. Se ha roto el objetivo de Fer para grabar buenas tomas. No podemos ir hacia Chile por mar. Una deplorable señora de la embajada chilena nos grita en vez de hablar y nos amenaza con que si pasamos al otro lado de una línea invisible que ni ellos saben dónde la han puesto nos deportarán y llevarán presos. La señora no se dio cuenta de que estábamos allí expresamente, aguantando sus gritos, para evitarlo. No podemos ir a pié hacia otras montañas en la
Isla grande de Tierra de Fuego porque nuevamente es ilegal. Todo intento es en vano. Fer se enzarza con la tipa varias veces en un bucle infructuoso pero divertido, poco a poco nuestras opciones de tener un permiso “excepcional” se van hundiendo hasta desaparecer. Un tipo gordo y simpático se compadece de nosotros antes de salir por la puerta un día más, ya con el discurso pensado para el día siguiente.

La isla se va alejando aún estando en el mismo sitio. La isla ya se ha ido y ni nos hemos dado cuenta entre discusiones y burocracias. La vemos todos los días. La hacemos fotos. La miramos desarmados. La única opción es recorrer 1000km hacia el norte y luego tomar dos ferrys que nos acerquen lo más posible, pero el costo es de varios miles de euros, y no tenemos ninguna opción real de poder llegar a ella. Más que descartar tocarla este año y subir por alguna de sus montañas, Patagonia nos descartó al instante, entre embajadas, consulados e intendencias. El último cartucho se quemó en el Parque Nacional, pero nuevamente una secretaria malhumorada y un responsable adormilado hicieron el resto y lo que se esperaba. Calles frías y llenas de perros sueltos. Cenagales,
castoreras y mar de color negro. Viento infernal de un solo lado. En el fin del mundo y sin nada que hacer. Un señor trata de robar fruta en el supermercado y se encara con el guarda de seguridad en un forcejeo estúpido y violento. Seis tíos disfrazados y portando metralletas resuelven pacíficamente el problema. Las armas nunca sirvieron más que para solucionar tumultos en supermercados de manera ordenada. Odio la misma cocina y la misma habitación compartida por décimo día consecutivo. Odio el salón y el fútbol en la televisión 24horas al día. Sólo hay un enchufe y hay que estar especialmente hábil para poder conectar un ordenador. Fuera sigue nevando y parece que va a haber que palear para salir de aquí, aunque sólo sea para coger el avión de vuelta. Un ruso siberiano proporciona entretenimiento sin límites, preguntas incómodas y confusiones lingüisticas mientras tomamos mate recostados en un sofá demasiado usado. Un guiso a fuego lento y varios litros de cerveza con unas españolas nos recuperan un poco el espíritu durante algunas horas para luego dejarlo caer hasta el suelo a la mañana siguiente. El baile psicodélico compañeros israelís por la habitación desata cualquier mínimo prejuicio anterior y alguna propuesta poco decente. En tipo de barba naranja del puerto afirma que los castores tienen mal sabor y aplaca mi idea de supervivencia
extrema. Nunca le pregunté cómo conocía que supieran mal.

Un taxi 4×4 nos conduce hacia el norte. No sabemos donde vamos pero el reloj sigue contando y el monto a pagar sube sin parar. Pasamos por un collado en la carretera y paramos el coche. Ya está. Hay montañas, hay un valle, hay nieve a toneladas y hace relativamente bueno. Hay algunas palas y aristas interesantes. Nos quedan pocos días. Antes de decidir ya estamos descargando los petates. Antes de darnos cuenta o pensar como vamos a volver ya hemos montado la tienda sobre la nieve, a base de piolets y ramas. Las piquetas siguen inservibles. Peso muerto. El pescador que habíamos conseguido que nos llevara por mar a una cordillera alejada de todo, en la Isla Grande finalmente pasó de nosotros. El miedo a las leyes y a las fuerzas de seguridad pudo con su dosis de aventura. El Paso Garibaldi no está mal y tiene algo de historia de gauchos y rebecos. Hace frío y hace viento y no confío en los anclajes de esta tienda. Estar acampado sobre varios metros de nieve nunca es una buena idea y se te congelan los cordones de las zapatillas por las noches. El saco de plumas realiza un trabajo magínico en calentar mis dedos rojos por el frío cada tarde. Ponerte zapatillas congeladas cada mañana y salir a correr por la nieve exige un trabajo mental superior para no abandonar, aunque lo bueno de aquí es que no tienes dónde. Ventaja geográfico-estratégica para mentes débiles y proclives al buen tiempo y a las montañas en verano.

La tienda me da en la cara con el azote propio de un conocido. El viento se ha despertado y parece ser que quiere librarse pronto de nuestra presencia. Lo mejor de pasar aquí varios días, en un cubículo de textil encima de la nieve, con un hombre al lado, es que al final la presión de tu peso imprime tu silueta en la nieve y duermes como un bebé en un colchón viscolástico. La lucha diaria por el tang y el aliño para la pasta deja paso a horas de harmonica y canto desafinado. El chocolate se ha acabado. Los pelos se arremolinan en una esquina de mi oxidado bol. La suciedad se acumula en sendas entradas de la tienda y cada vez que recoges nieve para derretir encuentras alguna sorpresa. Hay decenas de arañas merodeando.Los bosques parecen selvas y es imosible cruzarlos. Las castoreras surgen de entre la nieve. Los pajaron a veces sobrevuelan nuestras cabezas. Ayer y hoy hemos pisado un par de bonitas cimas en uno de los lugares más increíbles y desafiantes del planeta.