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Curiosidad y deformidad – expedición Patagonia 1

Me despierto y hay mierda de rata en mi bol de comida. Bienvenida patagónica ácida y pastosa. No hay lugar para la esperanza, tampoco para el aburrimiento; mucho menos para la complacencia o para compadecerse de uno mismo; o del otro.
Ayer fue un bonito día y conseguimos llegar hasta aquí cuando nuestro declive se veía próximo. Por fin lejos de todo. No estamos bien. Marcas de petate en mis hombros tras dos porteos de 7 horas y 100kg de material. Dolor en mis hombros. Ánimo manso y ego a ras de suelo. La montaña me habla y no soy Moisés. El aislamiento me está afectando. El caos hace ya más de una semana que se apoderó de nosotros y del ambiente. Hay un barco varado justo enfrente de la chabola de militares que hemos encontrado para dormir. Su óxido me calma. Su abandono me hace creer que estamos solos y que tenemos una mísera posibilidad de subir alguna montaña virgen y de formas delicadas. Para eso hemos llegado al confín del mundo. Para eso hemos gastado todos nuestros ahorros.
Me palpitan los pies al ponerlos al sol. Los cuatro vadeos del río nos sirvieron para probar el agua más fría del mundo y para soltar algunas lágrimas e insultos. Todo tensión liberada. Todo imagen lamentable. El petate pesaba casi literalmente más que yo y noto que me han salido algunas hernias nuevas. Como cereales y café de sobre sentado en una escalera vieja al sol en uno de los primeros lugares al que se llegó en esta isla. Abandonado ahora. Militarizado ahora. Cuando ya estoy pensado a que montaña vamos a ir hoy, mientras Fer hace algunas fotos sin
control, aparece una camioneta de ganado por el horizonte, traquetea por el camino lleno de baches y al aparecer a nuestra altura para en seco y viene hacia aquí. Un ganadero y su mujer atravesando lugares inhóspitos para ir a votar en las elecciones. En este país el voto es obligatorio bajo multa y retirada del pasaporte. Ellos votan por miedo a las represalias aunque desde su granja seguramente no sepan ni quién se presenta a presidente. Amablemente nos
indican que si no queremos recibir un disparo debemos salir de allí más rápido de lo que entramos. No me apetece recibir un disparo. Recogemos todas nuestras cosas del suelo donde las ratas correteaban. Nuestra información nos decía que esta zona estaba abandonada. Falso o no, el tipo parece convincente, además se ofrece a llevarnos en su remolque y es imposible negarse a un remolque de ganado tan vistoso como aquel.
Estamos de vuelta en Ushuaia por enésima vez. Odio este lugar más que cualquier otro que haya estado. El frío y las dificultades nos han aplastado una vez más. Hemos comido felizmente unas latas de atún al lado de un camino sumamente polvoriento. Una chica muy nerviosa que nos cogió a dedo nos abandonó allí al negarnos la entrada al Parque Nacional uno de los guarda parques. No tenemos ni un duro para pagar la entrada y no nos dejan salir de los cuatro senderos marcados. Tampoco acampar. Parque de atracciones. Somos más proscritos que nunca. Somos indeseables. Nadie dijo que fuera a ser fácil.