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El descubrimiento de América o la inutilidad de los títulos

– “Es todo”- me espeta frío, con cosas importantes que hacer y con poco tiempo más para alguien como yo. Recojo mis pocos y ridículos enseres de la silla y parto raudo de la clínica, sin detenerme mucho en despedidas convencionales. Intento ir a comprar algo de pan y atún para comer pero no llego. Mi pierna pesa varias toneladas
más que ayer y la espalda sufre más de lo habitual para sujetar este ahora inservible apéndice y que no golpee a nadie. Espero en la parada de bus a que me recojan con la compra hecha.

 
La hierba está fresca y nos llueve un día más en la cara mientras comemos, insólitamente, lo preferimos. Antes y después de ingerir manjares tales como pan, atún o chocolate, realizamos actividades deportivas de élite en el parque para jubilados; pedaleamos sentados con toda normalidad y tratamos de ascender unos pocos escalones repetidas veces. Para mí más que suficiente por hoy. Después y antes del paréntesis nutricional, construyo historias en medio papel y vuelvo a rellenar la solicitud de ayudas para desportistas de alto nivel, alegando supremacía absoluta en las disciplinas de sentadilla asistida, giro de manivela en pared y ciclismo cómodo con pierna zurda.

 
Un amigo me comenta con una normalidad aplastante la razón de vivir que ha encontrado, tras observar con nocturidad en la televisión a un niño, estrangulando violentamente a un enclenque pollo. Le observo impasible y acepto su veredicto. Fuera llueve.
Por fin me he decidido a sacar una silla y una revista al descansillo de casa. Ahora entiendo la diversión que se experimenta en este tipo de tesitura y puesto estratégico. Renuncio a una juventud ya caduca por una senectud de erotismo y de cartas. Fuera hace sol.

 

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Foto: Silvia Parra

 

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Foto: Fernando Guevara Photo